Qué cambia en tu ventana al motorizarla
Desde la calle, nada: el motor es un tubo que se mete por dentro del eje y queda oculto en el cajón. Lo que desaparece es la cinta y la caja del recogedor, que dejan de hacer falta. Las lamas, las guías y el propio cajón se conservan si están en buen estado, así que la persiana mantiene su aspecto de siempre.
El trabajo empieza por desmontar la polea y los soportes antiguos. Colocamos los soportes del motor, lo unimos al eje con su corona y su adaptador y volvemos a enganchar el paño. Antes de cerrar el cajón revisamos los tirantes y el estado de las lamas, porque a partir de ese día quien tirará de ellas será el motor y no tu brazo.
El motor adecuado para cada persiana
No todos los motores sirven para todas las persianas. En la mayoría de las viviendas el eje es octogonal, de 40 o de 60 milímetros, y el motor tiene que encajar dentro con su adaptador. Luego cuenta la fuerza: una persiana estrecha de dormitorio pesa poco, pero un ventanal de salón con lamas de aluminio con aislante pide un motor con bastante más par.
Por eso medimos alto y ancho, miramos el material de las lamas y calculamos el peso antes de proponerte un modelo. Un motor justo trabaja forzado, se calienta y salta su protección térmica tras unas cuantas maniobras seguidas; uno exagerado no aporta nada. También comprobamos que el paño corra suave a mano, porque un motor no disimula un eje torcido ni una guía que muerde.
Pulsador, mando o las dos cosas
Lo más sencillo es un pulsador de subir y bajar junto a la ventana, con la línea eléctrica llevada por el camino más discreto: empotrada si la pared lo permite, o con una canaleta pequeña si no. En muchas casas el pulsador acaba ocupando el sitio del antiguo recogedor, aprovechando ese hueco para no abrir otro.
Si prefieres manejarla desde el sofá o agrupar varias, el motor puede ser de radio y responder a un mando a distancia. En las casas de campo de una planta, con muchas ventanas repartidas por la fachada, poder bajarlas todas a la vez cuando aprieta el calor del mediodía es la mejor razón para motorizar. Y nada impide mezclar: cada ventana con su interruptor y, además, un mando que las gobierna todas.
Finales de carrera y motores que fallan
El motor sabe dónde pararse gracias a los finales de carrera, que en unos modelos se regulan con dos tornillos en su cabeza y en otros se programan con el mando. Si se desajustan, el motor sigue empujando cuando la persiana ya ha tocado abajo y acaba doblando la lama final, o no se detiene arriba y mete el paño entero en el cajón. Los dejamos afinados tras varios recorridos completos y los reajustamos cuando se desplazan con el tiempo.
Un motor que zumba y no gira, que se queda a medias o que ha dejado de obedecer no siempre está roto. Antes miramos el pulsador, el mando, las conexiones y el diferencial. Si la avería es del motor, lo extraemos del eje y ponemos uno nuevo con la misma fuerza, sin tocar el resto de la persiana.
Preguntas frecuentes
¿Mi persiana admite motor?
Si sube y baja sin atascarse y el cajón deja sitio al motor, casi seguro que sí. Lo comprobamos al abrirlo, y en los paños más pesados revisamos además soportes y eje antes de elegir el modelo.
¿Y si hay un corte de corriente?
La persiana se queda quieta donde estaba hasta que vuelve la luz. Si te preocupa, podemos dejar sin motorizar la ventana que siempre quieres poder abrir, o valorar un motor con maniobra manual.
¿Hay que picar la pared para poner el pulsador?
Pocas veces. Solemos aprovechar una caja de mecanismos cercana o el hueco del recogedor, y si no hay corriente a mano te enseñamos por dónde llevarla, empotrada o por canaleta, para que elijas antes de empezar.
Mi persiana motorizada ya no cierra del todo, ¿hay que cambiar el motor?
Casi nunca. Lo normal es que se haya movido el final de carrera de bajada o que la lama final esté doblada. Lo reajustamos y comprobamos que la persiana apoye bien en el alféizar.



